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Para qué comunicarse

Trabajo social significa cambios en la sociedad. Incluso aquellas asociaciones que no cuestionan el sistema llevan dentro de sí un germen de cambio. Podemos hablar con igual propiedad de transformación de actitudes tanto si citamos al Ejército de Salvación como a una asociación de lucha contra la marginación en los barrios pobres de nuestra ciudad, así veamos el trabajo de una O.N.G. de cooperación al desarrollo como los esfuerzos de una asociación de tiro con arco para extender su afición; todas ellas, con independencia de sus motivaciones y de su componente ideológica, intentan modificar pautas de comportamiento: quien no es solidario que lo sea, a quien no le gusta el tiro con arco que le guste. Resulta obvio decir, por tanto, que cualquier colectivo necesita estar en contacto con su entorno. Tan sólo las asociaciones que existen por y para sí mismas o aquellas que viven del secretismo no habrán de preocuparse por encontrar los canales que le comuniquen con el exterior.

El objetivo de cambios en la sociedad es la primera razón que justifica la comunicación externa tanto si se pretende responder a necesidades concretas - la construcción de un pozo en un poblado de Nigeria o la curación de una persona alcohólica-, como si se promueve un cambio global de actitudes y de valores que ponga en solfa nuestro modo de vida, ya hablemos de reivindicaciones ecologistas, feministas o anarquistas. En ambos casos la evolución pasa por la formación de una opinión pública favorable al cambio. El primer paso para lograr la adhesión del individuo, del colectivo o del conjunto social es dar a conocer y explicar el porqué de la propuesta de cambio, el camino a seguir y cómo participar; es decir, hay que informar a la sociedad de quién es el grupo, qué propone, por qué lo hace, cómo y de qué manera unirse a él. Pero no basta con informar. Para formar opinión hay que tener prestigio. Además de que se conozca a la asociación y la problemática que denuncia o los objetivos que persigue, la asociación ha de lograr que se identifique su imagen corporativa y que sea respetada como autoridad en su ámbito de trabajo. Con ambas cosas en su haber, el grupo puede considerar que su opinión y su labor comienzan a ser influyentes, a ser fuentes de transformación. Y para llegar a este punto hace falta un trabajo bien hecho, atractivo y, sobre todo, bien comunicado.

La segunda razón que justifica la comunicación externa en una asociación es su propia supervivencia. Un grupo que no consiga trasladar sus propuestas acaba por morir de apatía, de desinterés y de frustración; deja de tener sentido. Pero, además, es también  muy probable que expire por falta de dinero. Hasta hoy, cuatro son las fuentes principales de financiación del movimiento social: socios y socias, donaciones, subvenciones y recursos propios. No se nos escapa que en la medida en que la asociación tenga prestigio será más sencillo “convencer” a la gente para que se asocie o compre una camiseta, o a empresas, organismos e instituciones públicas para que aporten fondos para la gestión y las actividades del grupo. Y volvemos a lo mismo: ¿qué necesitábamos para adquirir esta posición de autoridad? Repitámoslo: un trabajo bien hecho, atractivo y bien comunicado.

No es asunto baladí, por tanto, la comunicación externa. Existen asociaciones muy conocidas que deben su éxito a una inteligente estrategia comunicativa, éxito traducido en número de participantes, recursos e influencia. nos atrevemos a afirmar que la comunicación externa es materia prioritaria para una asociación; ha de ser objeto de atención permanente, no se puede dejar al azar y habrá que dedicarle recursos para que sea eficaz, siempre en función del tamaño del grupo, de su potencial económico y participativo y de sus exigencias.

 

 

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