La participación en la era de la postverdad


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Vivimos en la era de la postverdad. No es nuevo. Todas las edades han tenido sus maestros en propaganda y argumentaciones falaces. Todas las generaciones han padecido su propia crisis moral, su propia controversia ética, su propio debate identitario entre lo humano y lo inhumano. Y en cada ocasión se han creído originales pero, en el fondo, siempre es más de lo mismo. Recién estrenado el s. XXI nos encontramos en esa misma situación; por lo tanto, y aunque parezca un artificio retórico, sí, es cierto, vivimos en la era de la postverdad.

Como tantas otras veces a lo largo de nuestra historia, la mujer de César no tiene que ser honrada, basta con que lo parezca. Asistimos a diario a un espectáculo de oratoria vacua donde se retuercen los argumentos, se reinterpretan las palabras con una semántica espuria, se inventan neologismos vacíos y se recupera terminología anclada en los recovecos oscuros de un pasado gélido. Así, brotan usos y prácticas alejadas de la solidaridad -pero vendidas como tal-, escondiendo caridades con la condescendencia de quien goza de sus privilegios.

En un intento de frenar el impulso por atajar las causas estructurales que generan la injusticia y la desigualdad, es común ver cómo se desactivan propuestas de cambio que vayan más allá de lo cosmético; bien mediante la apropiación trivializada de conceptos e ideas pertenecientes al círculo del progresismo social, o bien mediante el desprestigio de quienes llevan la iniciativa del cambio y de quienes se suman a ponerlo en marcha. También es frecuente que organizaciones del movimiento social entren en el juego perverso mutar fin por medios, por ignorancia, por necesidad de financiación o por no tener claro su apuesta por la transformación.

Por todo esto, hablar hoy de participación social es tarea delicada, porque participación es todo y los lindes aparecen difusos. La participación se concreta de muchas maneras y, en ocasiones, adquiere formas poco saludables vistas desde los valores de justicia y equidad. No es esta la participación que nos interesa. Pongamos el nombre que pongamos, voluntariado, militancia, activismo… la participación que defendemos es una participación fundamentada en dos pilares: la conciencia y la solidaridad.

Una participación consciente no hace dejación de sus responsabilidades delegándolas mediante un voto cada varios años; al contrario, se vincula a los procesos de desarrollo comunitario y de socialización del bienestar, y se vive como la materialización de un compromiso libre que apela a la razón y a la empatía. Una participación solidaria es como siempre ha sido, ejercida desde la horizontalidad en las relaciones, con las personas y su dignidad en el centro, basada su acción en los derechos humanos y sin otra recompensa que el bien común. Una participación, añadamos, desplegada en todo ámbito, tanto aplicable a lo que tradicionalmente se denomina acción social, como al deporte, a la cultura, al medio ambiente… o a cualquier manifestación del compromiso de las gentes con las gentes y con la colectividad.

Aceptar estas premisas, supone afrontar una serie de retos que recaen en todos los agentes sociales. Hemos de reivindicar, recuperar y, si es necesario, reinventar el componente ideológico de la participación en términos de transformación social, detectando disfunciones, cuestionando regalías, denunciando situaciones injustas y proponiendo alternativas. Las administraciones públicas deben entender la participación como una riqueza, asumir la crítica como herramienta de ajuste y apostar por una gobernanza de, en y con la pluralidad, aplicando políticas integrales que favorezcan el florecimiento de las experiencias participativas. Las organizaciones sociales por su parte, han de entender que la sociedad, realidad cambiante, no es la misma ahora que hace 40, 30, 20 e incluso 10 años. Las personas no nos relacionamos igual ni entre nosotras ni con lo común, y los modelos de compromiso, así como las formas de situarnos en el día a día y en el entorno en el que vivimos, han variado de forma significativa respecto a lo heredado de épocas pasadas. Si quieren ser capaces de aumentar su base social, deben aprender a gestionar nuevos condicionantes individuales, nuevas formas de ocupación del tiempo, nuevos métodos de trabajo, nuevos talantes, nuevas motivaciones y, ante todo, incorporar de manera efectiva la perspectiva de igualdad de género.

Si el ser humano ha logrado algún éxito como especie ha sido por su capacidad de cooperación sustanciada en la participación. Y aunque son muchos los avances, las necesidades persisten. Participar es más necesario que nunca, tan necesario como siempre. Esto se traduce en una nueva democracia que, como la postverdad, también es en realidad vieja. Vieja como el auzolan, como el cooperativismo, como la creación de redes sociales, vieja como los afectos y como el instinto de organizarse. Se trata de recuperar una democracia basada en su propia etimología, “poder del pueblo”, entendido como la capacidad de las personas y sus organizaciones de incidir políticamente, de influir en la rex publica, en la “cosa pública” de todos y de todas. Y hacerlo mediante la acción colectiva, organizada, solidaria, y desde la diversidad de modos e ideologías que conviven en nuestra sociedad.

Diciembre 2017, Xabier Bañuelos