La manipulación

La polémica sobre la objetividad en el quehacer informativo es tan vieja como la propia necesidad de informar. Y no parece que de momento vaya a desaparecer de escena. Nos vamos a situar junto al investigador D. McQuail cuando afirma que hoy parece haber un acuerdo en considerar la objetividad como necesaria e imposible: necesaria ya que, sin ella, no se conocerían los hechos sino su interpretación y su valoración; e imposible porque en todo relato informativo median, inevitablemente, un amplio conjunto de subjetividades.

La asociación ha de ser consciente de que la información que facilite a los medios está sujeta a esta pugna entre objetividad y manipulación. La primera es necesaria sí, pero la segunda es inevitable, porque aún prescindiendo de intereses extrainformativos, como los económicos o los políticos, la labor informativa impone una serie de condicionantes. Tomemos como ejemplo cuatro de ellos.

  1. El relato. Los hechos hay que narrarlos, hay que transformar el acontecimiento en palabras o imágenes, y para ello son necesarios un estilo y una técnica que faciliten la transmisión y la comprensión del mensaje, un estilo y una técnica que, en sí mismas, suponen una alteración, por ejemplo, del orden cronológico del acontecimiento.
  2. El tiempo. Un medio de comunicación dispone de un tiempo limitado para elaborar una información y transmitirla.
  3. El espacio. Igual que como en el caso anterior, los medios, sobre todo la prensa escrita, dispone de un número limitado de páginas.
  4. La agenda. Los condicionantes de tiempo, espacio, recursos y línea editorial a los que se ve sometido el medio le fuerzan a tomar una decisión crítica: qué es y que no es importante, qué es prioritario y qué accesorio. Es lo que se denomina “fijación de agenda” y supone la fragmentación de la realidad mediante la elección de aquellos acontecimientos que tendrán el privilegio de convertirse en noticia y, por lo tanto, de ponerlos en conocimiento público.
    McQuail nos va a decir que la objetividad es una actitud. Nosotros nos atrevemos a sugerir que el mito de la objetividad ha de ser sustituido por la honradez profesional. Quienes retratan la realidad han de ser conscientes de sus limitaciones y de que su actividad es siempre manipuladora. Así, de su honradez profesional va a depender que esta manipulación sea la mínima indispensable para ofrecer los hechos de manera comprensible y adaptada a las limitaciones físicas del medio, o que responda a intereses espúreos que poco o nada tengan que ver con la verdad.

Esta integridad en el quehacer periodístico implica, entre otros aspectos, la búsqueda de la veracidad, el conocimiento en profundidad de los acontecimientos y la ecuanimidad a la hora de mostrar los distintos ángulos y protagonistas de un hecho noticioso. No es otra cosa que informar de manera responsable, y la asociación tendrá que saber quién actúa así y quién no, que periodistas y qué medios se esfuerzan por acercar al público una información cercana y veraz y quiénes buscan unos intereses ajenos al buen hacer del informador o la informadora.